La semana pasada, concretamente el día 20, se celebró en Argentina el Día del amigo, una fecha bastante especial para mí desde que visité las ciudades de Buenos Aires, Rosario, Paraná y Mendoza, y que cada año desde entonces me hace recibir cariñosos mails y felicitaciones desde el país hermano. Y yo me pregunto: ¿Cuándo celebraremos un Día del amigo en España?... Empezaré, de momento, por hacerlo extensivo a este blog.
PARTE I
La amistad, esa proeza. Conversaciones para dos, humor para dos, dolor para dos, placer para dos... suma y sigue. El autor de esta Locura Ordinaria es consciente de que debe más de un post a más de un buen amigo (que ya es decir). Más de un post con nombre propio, se entiende. Hoy, homenajeando la festividad del día del amigo argentino, quiero desagraviarme, al menos, con dos de ellos. Dos de los mejores que la vida me ha dado y de los que tengo más cerca para lo bueno y lo malo:
El primero, JuanCar. Bueno, cabal, resolutivo, sufridor, paciente, enemigo de enemistades, compañero de sueños y duermevelas. Uno de esos extraños seres que se para a preguntarte qué tal estás y, además, por si fuera poco, se interesa por la respuesta que puedas darle.
El segundo, Juanlu. A ratos ángel y a ratos demonio, genio y figura, compañero de versos y viajes, fumador convencido, puñetero, valiente, flamenco, hermano chico. Hacedor de frases como “Hemos pasado un día tan cojonudo que no nos ha hecho falta ni cantar”. Una de las personas que mejor sabe hacerme reír y sonreír.
No es la primera vez que hablo de ellos en este blog, y seguramente tampoco será la última. Igual que a ellos debería nombrar a ocho o nueve amigos más… Todos tendrán su lugar aquí un día de estos.
PARTE II
Cuando tenía 11 años era el más pequeño de mi grupo de amigos. Aquellos dos o tres años de diferencia con ellos me supusieron grandes trastornos. Por ejemplo, en el fútbol. Mientras todos jugaban como cadetes en la liga regional, yo seguía siendo infantil en la liga local. O con las chicas. Mientras yo me esforzaba por conseguir mi primera cita, ellos ya habían dilucidado el gran misterio del beso con lengua. O en el descubrimiento del sexo. Yo andaba buscando la palabra “masturbación” en la enciclopedia mientras ellos ya habían encontrado hacía meses el significado de “cunnilingus”.
Estas diferencias empeoraron cuando todos pasaron al instituto y yo aún continuaba en la escuela. Mientras un servidor decía que no a su primera calada a un cigarrillo, ellos decían que sí a la primera calada a un porro de marihuana. Mientras yo seguía yendo a clases por las tardes, ellos perfeccionaban su manejo del monopatín en el parque. Mientras yo seguía ahorrando para una bicicleta de careras, ellos ya habían convencido a sus padres para que les compraran una Vespa.
Pero las mayores diferencias entre nosotros se dieron realmente después, cuando todos empezaron a lucir sombra de los primeros afeitados y yo aún era totalmente lampiño. O después, cuando ellos cumplieron la edad mínima para entrar en la discoteca y yo tenía que esperarlos a la salida, comiendo pipas, ensayando mirada y voz de mayor con los porteros.
Hoy, la mayoría de aquellos amigos están casados, tiene hijos, hacen vida familiar, pagan una hipoteca, gozan de barriga, orden, estabilidad y adecuadas prescripciones médicas. Algo fuerte, muy fuerte, me sigue uniendo a todos y cada uno de ellos, aunque muchos lo ignoren o sólo lo intuyan.
Mientras tanto, puedo presumir de amigos de todas las edades, desde los 17 hasta los 81, si los cálculos no me fallan. Y me la trae al fresco que algunos me señalen porque, de la misma forma, me dejo ver por una fiesta universitaria que por un encuentro regional de jubilados creativos. ¿Qué es la amistad sino aproximarse?
Supongo (quiero suponer) que de aquel desfase de edad aprendí algo, algo importante. Por supuesto.
Algún día escribiré sobre la parte buena…