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19/09/06

El Nadaismo


Escuché hablar de la poesía del Nadaismo hace ya algunos años, a través de una antología de autores colombianos donde un gran número de ellos se inscribían en esta corriente (Gonzalo Arango, Humberto Navarro, German Espinosa, Eduardo Gómez, Mario Rivero, Jaime Jaramillo Escobar, Nicolás Suescun, Luis Aguilera...), poetas autoproclamados existencialistas latinos, ensalzados contra los mitos y los temas patrios, violadores de usos y costumbres, instauradores del orden por medio del desorden... y según su Manifiesto nadaista, resumido allá por los años sesenta, responsables literarios de la negativa a la imposición cultural del academicismo en los estamentos políticos, sociales y religiosos del país.

He de confesar que, en aquella ocasión, no me llamó la tención casi ninguno de los poemas que leí de aquellos autores... casi todos de lectura enrevesada y, para mi gusto de entonces, peligrosamente apoyados en el absurdo. Algo así como la generación Beat descafeinada de Hispanoamérica. A partes iguales, de tintes bohemios, rebeldes, desesperanzados e irónicos.

Hoy, sin embargo, han caido en mis manos "Los poemas de la ofensa", de uno de aquellos autores, Jaime Jaramillo Escobar (poeta a caballo entre esta y otras corrientes de la época. Ecléctico. Viajero. Sabio. Tres veces premio nacional de literatura en su país). La mirada es otra, el sentimiento es otro... no sé si toda la culpa la tiene sólo el autor o también los ojos con los que esta vez me acerco a su poesía. Al menos con este libro -y con el nuevo cruce de la palabra "Nadaismo" es mi vida de lector- vuelvo a sentir deseo de alejarme de lo más "comercial", de lo más "común", de lo más "trillado" en poesía y explorar otros campos. Un activo deseo de búsqueda que hace varios años que no sentía y que, al menos, me llevarán a buscar otros libros de este autor -cuanto menos sorprendente- poco conocido en España.

Juzguen ustedes, compañeros de lectura. Ahí os transcribo uno de los poemas que más me ha gustado del libro. Sin métrica, ni demasiado ritmo, cerano a la prosa poética... pero con cierta genialidad difícilmente explicable.


MAMÁ NEGRA

Cuando mamá negra hablaba del Chocó
le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,
su largo pescuezo para beber agua en las totumas,
para husmear el cielo,
para chuparles la leche a los cocos.
Su pescuezo largo para dar gritos de colores
con las guacamayas,
para hablar alto entre las vecinas,
para ahogar la pena,
y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.
Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,
para reír en las bodas.
Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,
prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,
pendientes que se bamboleaban en sus orejas,
y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.
Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,
y la casa estaba llena de tintineantes cortinas
de conchas y de abalorios.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,
les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,
tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,
y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,
un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,
tenía una cola de sirena dividida en dos pies,
y tenía también un secreto en el corazón,
porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,
de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,
y el taita le miraba los senos
como si se los hubiera encontrado en la playa.
Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,
como si el sol saliera de ellos,
unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,
tenía un canto triste, como alarido de la tierra,
no le picaba el aguardiente en el gaznate,
y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.

Mamá negra era un trozo de cosa dura
untada de risa por fuera.
Mi taita dijo que cuando muriera
iba a hacer una canoa con ella.

Jaime Jaramillo Escobrar
Poemas de la ofensa



5 comentarios:

Màs pedante que vos. dijo...

Hola yo soy de Cali, Hay algo ke le critico a tu escrito sobre Nadaismo y es ke cuando decis "instauradores del orden por medio del desorden" tal ves confundis nadaismo con dadaismo...parecidas pero no lo mismo


"tenía una cola de sirena dividida en dos pies" me encanto este fragmento


El final me impacto jamas creeria que hablaba de un arbol. :D Hermoso poema

JOSÉ MANUEL DÍEZ dijo...

Bueno, gracias por tus apreciaciones, pero la frase que escribí está bien escrita, sin duda, y me reitero en ella... no sé si es un punto común entre ambas corrientes... hay que separar además las corientes literarias de las filosóficas, que a su vez hacen el análisis más complejo... pero si lo afirmé es porque lo leí en palabras del creador del movimiento en Colombia: el poeta Gonzalo Arango...

Por otro lado, como tú apuntas, efectivamente el poema tiene versos sublimes... pero Mamá negra no era un árbol... jeje... te invito a releerlo.

Saludos "más pedante que vos."

Hurón dijo...

Impresionante poema. Tengo que confersar que había perdido la dirección de este blog. Echaba de menos estos poemas tan bien escogidos. Gracias por dejarte caer por La Cosa Libre.

Walkirja dijo...

¡Ay! que este poema huele a ron y a candomblé, que te trae una nostalgia palpable de cosas nunca vividas. Que casi se escucha el ajetreo del puerto y se saborea el aroma del mar, y el abrazo enorme y deliciosamente húmedo de Mamá Negra.

rosita dijo...

Por cosas así una se emociona. Hallar un poema en el que se encuentren todas esas sensaciones que no serías capaz de explicar es absolutamente increíble. La sensación es única.

En concreto estos versos han logrado sacarme una sonrisa:

"...y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire".

"... se podía beber el cielo a pico de estrella".